El milagro de Garabandal

  • El Milagro de Garabandal
    Los padres se clavan como cuchillos en los cráneos de sus hijos
    y parten en dos cada uno de sus pensamientos”
    Jean Paul Sartre, Cartas al Castor.
    Cuando el chofer del colectivo nos dejó en el camino, mi madre protestaba: -
    ¡Pero si acá no conozco a nadie!, decía. Yo tenía cinco años y mi madre
    veintisiete. Eso fue el día en que murió Perón. Me acuerdo que salimos de Río
    Colorado hacia Buenos Aires sin decirle a mi Papá, Tata, que se quedó con
    Juan que había nacido poco antes en Bahía. Cuando íbamos de Colorado a
    Bahía, en el Citroën 3CV, cantábamos: “Eran tres Alpinos que venían de la
    guerra diaidarrataplán...”. Juanito salió con fórceps, quedó yerto, sin respirar, ni
    reaccionar. una anoxia dañó su tejido cerebral y lo dejó para siempre sin poder
    articular bien las palabras, ni ir a la escuela común, ni nada. Igual hoy se le
    entiende y todos lo quieren. Una monja se encontró a mi padre que estaba
    rezando por la vida de mi hermano en la capilla del hospital, le regaló un
    rosario y le dijo que había sido besado por la virgen de Garabandal. Al mismo
    tiempo, otra religiosa -¿o fue la misma?- en cuidados intensivos le tiró un jarro
    de agua bien caliente y Juanito reaccionó. Y lloró. Mi padre conoció a mi madre
    en una conferencia que dio en 1967 sobre las apariciones en Garabandal.
    Hacía poco había llegado de España y ella había salido de una internación, que
    primero fue en terapia intensiva durante muchos meses, y después psiquiátrica.
    Volvían en auto de unas vacaciones en Córdoba y se les cruzó un camión en la
    ruta. Cuando mi madre despertó después del coma y la traqueotomía, preguntó
    por sus padres y sus tres hermanas. Ella era la mayor y tenía diecisiete. Le
    dieron largas excusas durante unos meses, hasta que un médico no aguantó
    más, entró en la habitación donde estaba inmovilizada por las fracturas, y le
    dijo. Le dijo y mi madre quedó en shock, estuvo un año en rehabilitación y los
    tíos, que se habían ocupado del sepelio, se quedaron con la fábrica de camisas
    de mis abuelos, mientras internaban a mi madre donde ya dije. En un intervalo,
    ella pudo ir a la conferencia y conoció a mi padre, se pusieron de novios, y los
    tíos volvieron a internarla. Mi padre fue a ese lugar de encierro con un amigo -y
    un revólver- y logró hablar con ella. Después, con un abogado, pudo conseguir
    el alta y se casaron. La Virgen le dijo a la Niñas: “Muchos sacerdotes y obispos
    van por el camino de la perdición”. En la Iglesia algunos quisieron silenciar y
    prohibir ese y otros mensajes. Y también la aparecida les dijo que esperasen el
    aviso, porque grandes milagros se producirían el día de un santo mártir de la
    iglesia. Desde entonces, siempre esperamos que llegara el aviso a través de
    Conchita -que hoy tiene una pizzería en Nueva York- y poder llevar a Juan
  • Manuel a Garabandal -donde los primos de Conchita tienen el único hotel- para
    que se cure. El rosario besado por la Virgen que le dio la monja, resultó ser el
    mismo que mi padre había regalado años atrás a alguien, que también
    necesitaba urgente auxilio. El colectivo iba lleno de colimbas que cantaban y
    tocaban la guitarra al fondo, mientras mi madre quería hacerles rezar los
    misterios dolorosos. Tanto insistió, que en un momento ya no estaba sentado
    junto a ella, sino con otra señora que me daba galletitas Lincoln y me distraía
    con un juguete. Tanto insistió y gritó -porque nadie le hacía caso- que nos
    bajaron en ese lugar del camino, donde mi madre le repetía al chofer que no
    conocía a nadie, que había pagado pasajes a Buenos Aires. No cómo
    llegamos a Buenos Aires, y estuve viviendo unos meses en lo de los Bradley,
    pero mi madre no estaba, quedó internada. Los Bradley eran un montón de
    hermanos y yo siempre jugaba con Eduardo, que murió a los veinte años de
    cáncer. Me acuerdo que uno de los primeros mensajes de la Virgen de San
    Nicolás, cuando se enfermó y viajaron todos al campito donde se aparecía, fue
    para él. El hermano, Martín, es cura. Siempre hubo curas cerca nuestro y yo
    quería serlo, hasta que tomé conciencia de que no podría estar con una mujer.
    Bergoglio mismo, hace veinticinco años, en un retiro me apuró: ¿cuándo entrás
    al seminario?. Años después, siempre tardo en darme cuenta, supe que no
    sería tan literal el tema con las mujeres. Cuando al fin mi padre, que había
    quedado con Juan Manuel, se reconcilió con mi madre, volvimos a Colorado. Y
    así están juntos desde entonces, hasta ahora, confinados. Y mi padre que
    siempre fue de salir a hacer negocios -que a veces duraban semanas-, ahora
    está encerrado en su cuarto con la tele, el libro Señor del Mundo de Benson y
    un pasaje a Madrid para noviembre, que le saqué con las millas antes de la
    pandemia. Se queja porque, aún después del rosario, mi madre entra y lo llama
    para recitar el Angelus. Mamá está en el Carmelo Seglar -ya se consagró con
    juramento y todo- e iba siempre al hospital para acompañar a los enfermos y
    leerles o llevarles cosas. Iba a ir con Juan a Cartagena en abril, pero por la
    pandemia se suspendió. Todos los días él se escapa, compra queso, vino y
    esas cosas que le gustan, y mi Mamá publica la foto de los últimos dos vinos
    que compró, para escracharlo en el grupo de Watsapp familiar, porque mi
    padre tiene un pastillero con todos los colores, 76 años, la discusión es por la
    medida y casi todos lo tomamos con humor. Juan Manuel sigue con ellos y mis
    otros cuatro hermanos son independientes. Por suerte está Juan porque sin él,
    y la bondad que contagia su sola presencia, no sé si estarían juntos.

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